viernes, 29 de agosto de 2014

El día después

El amanecer llegó y, con él, la cordura. Y el frío.
-Mejor vamos. - le dijo Florencia.
-Sí- asintió Juan -Tomá - musitó quitándose el saco.
-No, no. Ya entramos
-Ponete esto haceme el favor. Porque sino voy a tener que ir a tu casa a cuidarte cuando te de fiebre.
"Una razón más para no ponermelo", pensó Florencia.
-Bueno. - pero terminó aceptando.
Entraron al salón, lo más normal posible, para darse con que ya no quedaban invitados. Estaban las camareras y los del servicio de limpieza, levantando las cosas.
Florencia, hambrienta y deseosa de algo dulce fue a detener a la chica que estaba levantando la mesa dulce, su favorita.
-¿Me puede dejar estas tartas, por favor? - pregunto amablemente, como era su costumbre.
La chica asintió y se fue.
-¿Tanto hambre te di? - le preguntó Juan, acercandose con una de sus sonrisas encantadoras de comercial.
-Algo así. - respondió Florencia encarando la tarta de chocolate, su favorita.
Se puso un bocado de tarta en la boca y lo degustó a placer, con la mirada de Juan Cruz sobre ella. Al darse cuenta, tragó y tomó otro bocado, lo apoyó dentro de su boca y buscó la de Juan para fundirse en un dulce beso con sabor al más exquisito chocolate que habia probado en su vida.
-Hum, rico - murmuró Juan Cruz. - Pero ¿sabes qué sería más rico?
Ella negó juguetona. Él se acercó a su oreja.
-Untarte en chocolate y comerte a besos. - susurró seductor en su oreja, y un estremecimiento recorrió todo el cuerpo de Florencia, para instalarse en el medio de su cuerpo.
-Mejor otro día. - respondió ella en el mismo tono de susurro.
Florencia no era una chica de una noche. Lo acababa de conocer, lo acababa de besar y él ya quería llevarsela a la cama. Sin más. Y ella estaba convencida de que para ir a la cama con un hombre, tenias que estar realmente enamorada de él y saber a ciencia cierta que él también lo está de vos. Entonces, esa no era una opción para esa noche.
-Como diga señorita. - contestó él muy educado. - ¿Le apetece tomar una copa de vino? - dijo en tono muy formal.
-No, gracias. Podríamos ir terminando la noche e irnos a dormir ¿No?
-¿A esta hora? Es muy temprano para acostarse a dormir. ¿No ves que está amaneciendo?
-Si claro, pero yo anduve todo el día. No sé que habrás hecho vos.
-Yo tambien anduve todo el día. Si tenés un rato te cuento, pero vamos a ponernos cómodos.
-Bueno, vamos a mi hotel. - decidió Florencia.
Buscó su abrigo en la silla y se dirigieron al auto en que la habian traído.
-Señorita, - le dijo el chofer a Florencia - El señor Miguel me pidió que lo llevara y que luego volviera a buscarla y le dijera que se porte bien y que él habia llegado bien.
-Muchas gracias, Roberto. - respondió Florencia. - Ya me podés devolver a mi hotel.
-Sí señorita.
El viaje transcurrió tranquilo. Era la primera vez que ella viajaba en el asiento trasero, apoyada en el pecho de un hombre y con los brazos de este rodeándola. Se sentía muy bien. Mejor de lo que se habia imaginado.
Llegaron al hotel y se dirigieron a la suite presidencial que ocupaba la dueña del hotel.
-¿Querés tomar algo? - le ofreció la anfitriona a su huésped.
-¿Que hay?
-Vino: cosecha tardía, mi favorito. Té y agua.
Juan sonrió.
-Tardía, por favor. Ya te voy a enseñar de otros vinos.
-Sabés que probé bastantes, pero ninguno me gustó tanto como este, como para decir: sí, tengo ganas de tomarlo en cualquier momento.
-A veces es cuestión de dar con el vino que mejor le quede a tu paladar.
-Sí. Debe ser.
Le ofreció la copa y tomaron asiento en un amplio sillón blanco, de diseñador, por supuesto. Uno de los preferidos de Florencia.
-Entonces ¿Qué planes tiene para mí esta noche, señorita? - le preguntó él, muy educado.
Un torbellino de ideas se le vinieron encima a Florencia, pero se limitó a sonreír y decir:
-¿Que te parece si nos conocemos? Tipo, presentación. Hola, sol Florencia D´Marchis, un gusto - dijo extendiendo la mano a modo de saludo.
-Juan Cruz Beker. Un gusto - y le besó el dorso de la mano.
-¿Que lo trae por acá? - le preguntó ella, siguiendo con la puesta en escena que ella habia armado.
-Una señorita muy hermosa, debo confesarle. Aunque para serle sincero, más que nada, curiosidad por saber de ella y de su vida. Es una chica que era de mi pueblo, cuando era chico, o sea, hasta el año pasado - a Florencia se le escapó una sonrisa - ¿De qué se ríe señorita?
-De nada. Continúe, por favor.
-Bueno. Entonces esta chica, que vivía a la vuelta de mi casa y con la que tenía poco contacto, decidió irse a vivir a Buenos Aires para manejar las empresas del padre y desde entonces no supe más de ella. Tal vez usted sepa algo.
-Hum, creo que de algo me he enterado. ¿Puede ser que la chica hizo una carrera universitaria en Tucumán?
-Sí, puede ser.
-Y se recibió, creo.
-Sí, claro.
-Y también supe que se fue a vivir a Buenos Aires, pero no entiendo, exactamente, que es lo que quiere saber de dicha dama.
-Cómo es su vida, si necesita compañía, si la tiene, si le gustaría tenerla. Si le gusta la vida que lleva o si le gustaría vivir algo distinto. Es una chica muy joven, todavía debe tener ansias de rebeldía.
-Sí, claro que tiene ansias de rebeldía, pero debe dejar que se le pasen, porque no da con su imagen de empresaria seria y responsable. En cuanto a la compañía, he sabido que le gusta la soledad, pero con el transcurso del tiempo y la rutina, hay noches que le pesa y que le encantaría tener un hombre a su lado. Un hombre bien puesto. A su altura, digamos. Y que no ha logrado encontrarlo, hasta el momento. Pero no se desespera, porque sabe que todo llega y que todo pasa por algo mejor. En cuanto a su vida, supongo que lleva la vida que quiere y que le gustaría, porque sino, no la llevaría. Es una chica con mucha personalidad. Ahora, la pregunta sería ¿por qué tanto interés en esa chica de tu pueblo?
-Porque me di cuenta que me encanta - susurró Juan, para sorpresa de Florencia, mirándola a los ojos fijamente y con una sinceridad que ella nunca había imaginado.
Y el resto quedó en el aire. Sus labios se encontraron una vez más y se besaron hasta quedarse dormidos.

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