jueves, 28 de agosto de 2014

Una fiesta inesperada

Cinco de la tarde saliendo del edificio de su oficina, Florencia se encaminó a su departamento con Miguel, a ver qué se iba a poner. 
-¿A que hora sale el avión? 
-Ocho y media
-¿Qué? ¿No lo pudiste cambiar?
-No había más horarios. 
-Nos vamos en el auto. 
-No jodas Flor. 
-Pero, entre que hacemos check in, embarcamos y todo, es lo mismo a que agarremos el auto y nos vayamos. Además allá nos tienen que venir a buscar y todo en el auto. ¿Vamos vestidos o nos vestimos allá?
-¿Podes dejar de hablar un segundo? El check in lo tenemos hecho. Agarramos ropa y nos vestimos allá. No es la gran ciencia. Además tenes que llevar un solo bolso de mano, nada más.
-Si claro. Como si fuera tan fácil.
-Es fácil. No la compliques. 
-Bueno.
Se bajaron en la cochera del edificio y subieron hasta el departamento de seis ambientes en el que vivía Florencia sola. Un lujoso departamento a la altura de su dueña. 
-Bueno, veamos. - dijo Florencia entrando al cuarto de su vestidor.
Sí, un cuarto de seis por seis solo para toda su ropa. Había otro más chico para los calzados. 
Se dirigió al perchero de los vestidos y se puso a pasar uno por uno. Ese cuarto hacía temblar a cualquier local de ropa común. Con su gusto tan excéntrico, Florencia usaba ropa de diseñadores, prendas únicas e irrepetibles, que solo personas con mucha personalidad, o una personalidad muy rara, se animaban a usar. A ella todo lo que le pusieran le quedaba bien. Tenia un agraciado cuerpo, que no siempre fue así, de hecho, cuando era chica fue mas robusta y rellenita, pero la vida a su manera la ayudo bastante y logró el equilibrio necesario para mantener su cuerpo en buena forma sin grandes esfuerzos. 
Raro pero real. En cuestión de media hora, Florencia ya tenia armado su bolso y estaba lista para salir al aeropuerto junto a su amigo. 
Llegaron a Mar del Plata y al hotel. Un exquisito hotel apart, un poco lejos de la ciudad, pero nada que Florencia no pueda disfrutar. Es mas, ella amaba la tranquilidad de ese hotel. Se tiró a descansar un rato en la cama y se quedó dormida. Miguel tuvo que despertarla para ir a la fiesta porque sino ella pasaba de largo. 
Llegaron a la fiesta en un glamoroso auto negro. Florencia lucía un vestido largo color aguamarina (o verde doctor) que relucía en contraste con su piel blanca. Miguel, un elegante traje en color crudo con un pañuelo haciendo juego con su compañera. 
Florencia conocía y frecuentaba a bastante gente de ese ámbito, aunque ella viviera en otro lugar, solía ir a todas las fiestas y los eventos a los que era invitada. Era parte de su juventud la que la levantaba y la sacaba de la gran ciudad para ponerla en una y otra fiesta, en uno y otro evento, dondequiera que este fuera. Después de todo ella no tenia más de veintitrés años. Estaba en plena juventud.
Entre champan y buen vino conoció a los nuevos miembros de la asociación, a algunos hijos rebeldes que se rehusaban a ir a esas fiestas y a algunos colados que venían de la mano de otros socios. 
En lo más bien que estaba, charlando y divirtiéndose, a sus ojos se les hizo ver un rostro conocido. 
No puede ser, pensó. Y lo siguió con la mirada. Puede ser, le dijo una parte de su cabeza. Y la disputa se seguía manteniendo mientras lo miraba. 
El chico era el hijo de una empresaria en Termas de Río Hondo. ¿Qué hacía el flaco en Mar del Plata?
Y en efecto era él. Esa sonrisa de comercial, tan risueña, tan relajada y tan linda que la había tenido enamorada durante sus años de secundaria.  
Esas fiestas tenían algo bastante irónico. Era toda gente de la alta sociedad, gente seria, gerentes, dueños y apoderados de grandes empresas; sin embargo, todos terminaban emborrachándose, bailando cumbia, cuarteto y reggaetón, en ocasiones dentro de una piscina o en el mar, o en diversas situaciones embarazosas que no encajan con el perfil de empresario serio que tienen durante su día cotidiano. Es raro. 
Para la hora de bailar Florencia estaba sumamente dispuesta a romper todas las reglas y el protocolo y acercarse a su presa. Pero se le acercó uno de los que compartía mesa con ella, para invitarla a bailar, y no podía decirle que no. 
Con la excusa de que tenía sed, se acercó a la mesa de bebidas y fingió estar muy dolorida de los pies. Cosa que era una total mentira, porque ella no usaba nada que le pudiera causar malestar, menos para una fiesta en la que hay que sentirse cómoda y segura. 
La ansiedad la llevaba en ese momento, por lo que decidió pedirle al mozo un vino especial, su favorito: cosecha tardía, el mejor que tuviera. El mozo llegó con el vino y Florencia lo agradeció. Ahora iba a bajar un par de cambios, concentrando su atención en el dulce sabor del buen vino. 
-No sabía que se podía pedir un vino especial. - le dijo el chico que tenía fichado al oído.
Ella se dio vuelta de repente y lo quedó mirando con ojos sorprendidos. Pasado el shock inicial, sonrió y levantó la copa. 
-Parece que sí se puede. - sonrió - ¿Querés? - le invitó
-A ver - dijo él tomando la copa y olisqueando sutilmente desde el borde. Bebió un sorbo y asintió. - Muy buena elección. - dijo al final. 
Ella asintió conforme. 
-¿Sabés que hace una noche hermosa afuera? - le dijo él al oído.
Ella volteo y lo miró fijamente, como de costumbre. 
-No. 
Miles de cosas pasaron por su mente en ese momento y su corazón empezó a latir más fuerte. 
-Si querés te enseño - propuso él, ofreciendo tímidamente una mano.
La cual ella aceptó, sin más que mirarlo fijamente un segundo y esbozar una tenue sonrisa.

-Es cierto. Hace una hermosa noche. - dijo al estar fuera, Florencia.
Juan Cruz, se llamaba el chico. 
-¿De como vos por acá? - le preguntó Florencia a Juan Cruz.
-Estaba de pasada y, medio aburrido, me enteré de la fiesta y me vine a cinco manos. Un amigo me hizo pasar con él, porque yo no tengo a nadie por acá. 
-Te vino como anillo al dedo la fiesta. 
-Sí. A mí me encantan todas las fiestas. ¿Y vos? ¿Estás viviendo acá? Ya no se te ve por Termas.
-Estoy en Buenos Aires. Y voy a cada fiesta que me invitan. Así sea en Ushuaia.
-Esa es la actitud. - sonrió él.
-Obviamente. Sí recién tengo veintitrés años. Me cortaron la juventud a la mitad.
-¿Que onda? ¿Que pasó? ¿Tu viejo te puso al mando de todo?
-Sí. Qué sé yo. Lo que pasa es que yo le habia dicho que me iba a hacer cargo de las empresas, Solo que no pensé que fuera tan temprano. Pero bueno. A las cosas hay que aceptarlas como vienen. 
-¿Y vos manejas todo desde Buenos Aires?
-Sí. Es un equipo, en realidad, lo que organiza y acomoda todo. Yo manejo las finanzas, controlo todo y soluciono algunos problemas. Todo por sistema es. Por Internet, estoy en contacto constante con lo que se hace en cada hotel. 
-Debe ser una carga super pesada para vos.
-Tengo el poder de la juventud que me hace ver todo más sencillo y poder tomarme las cosas con calma. 
-Aún así es como mucho.
Florencia lo miró. Estaban sentados en una reposera, frente a una enorme piscina, una noche estrellada los rodeaba, la brisa del mar, el fresco y el olor a sal eran perfectos. 
La conversación perdió su hilo en el momento en que ella, compenetrada en sus ojos marrones, inclinó levemente la cabeza, acercándose a sus labios. 
Fundió sus labios con los de él, en un tierno y dulce beso. Un beso que esperaba desde los dieciocho años y nunca se animó a darle. Él le respondió el beso con incitación, retándola a dar más de sí misma. 
Ella no se echó para atrás, sino que le siguió el juego y el beso fue creciendo a una velocidad vertiginosa. Sus dedos se introdujeron en su cabello y sintió las manos de él recorriéndole los hombros y la espalda. No supo en qué momento, pero cuando decidió detenerse se dio cuenta de lo agitada que estaba y de que se encontraba debajo del fuerte pecho de Juan Cruz. 
Elevó sus pestañas para encontrar sus ojos, y casi no pudo creer lo que vio. Los ojos de Juan Cruz destilaban deseo e intención. 
Su espalda estaba contra la fría reposera y su cuerpo no sentía la más mínima necesidad de calor, es más, agradecía ese contacto frío como para darse cuenta de que lo que vivía era completamente real. 
Juan se incorporó y la ayudó a incorporarse. 
-¿La seguimos en un lugar más calentito? - propuso.
Y ella se ofendió.
-Creo que es mejor que volvamos a la fiesta. Ya nos van a empezar a buscar. 
-Ah. Cierto. Tu novio.
Florencia levantó una ceja.
-¿Qué novio?
-El tuyo. Ese con el que viniste. Hum, que feo. Meterle los cuernos en la cara. 
-Él no es mi novio. Miguel es mi amigo, socio y compañero.
-¿No es tu novio? Que bueno. Me quedo más tranquilo. Tenia miedo de tener que agarrarme a las piñas con uno esta noche. Haberme dicho antes.
-No me preguntaste. 
-Pero parecen una pareja. Como andaban juntos para todas partes.
-Porque a mí no me gusta andar perdida en la fiesta. Pero no es mi novio.
-Que bueno. Ahora te puedo besar mas tranquilo. - murmuró acercándose.
-¿Qué no es estabas tranquilo? - respondió ella alejándose ligeramente.
-No. Bueno, - se encogió de hombros - relativamente hablando. 
-Sos un descarado total.
-Vos más, que me besas sin avisarme que no tenés novio. 
-Me hubieras rechazado.
-¿Tengo cara de tonto?
-Un poco.
Chistó la lengua en señal de disgusto y la tomó por los costados de la mandíbula para que no se pudiera escapar y la besó descaradamente, dejando salir toda la fuerza de su deseo. 
Ella se abrió a su beso y se lo devolvió con toda la fuerza de su pasión. Nunca pensó que un chico le fuera a despertar tanta afinidad en tan poco tiempo pero sucedió y ella se quería tirar a vivirlo todo con él.
Los besos no cesaban. No se cansaba ni uno ni el otro, nadie los interrumpía, no tenían nada que decir, sus sentimientos lo decían todo. Hasta que no dieron más, se siguieron besando. Lengua con lengua, diente con diente, sus respiraciones unidas, sus corazones latiendo al máximo, un exhalo, una sonrisa, una caricia y el amanecer fue llegando. 


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